El quehacer docente.
A lo largo de la historia
se han construido diversas formas de enseñar, tomando como base que la
enseñanza debe tomar en cuenta el contexto y la época en la que se vive, una
metodología de 1990 no podría seguir formando alumnos del año 2000. Este
razonamiento hace que las metodologías de enseñanza cambien con respecto a los
alumnos que queremos formar.
Para comprender las
metodologías que funcionan en nuestra época es necesario comprender qué es la
didáctica y el acto didáctico de los docentes. La didáctica es entonces la
disciplina que estudia los procesos con los que el docente logra que el alumno
aprenda. Por lo tanto el acto didáctico compete al docente, el alumno, el
contenido a enseñar y el contexto donde se lleva a cabo la actividad de
enseñanza. Al paso del tiempo los contenidos cambian debido al contexto que
evoluciona, y a los discentes que son más curiosos y competentes en áreas
tecnológicas sin necesidad de haberlo aprendido en una escuela, es entonces
cuando el docente y los contenidos deben alcanzar al alumno y darle las herramientas
necesarias para ser un ciudadano competente para la vida.
Así pues, Torre (2001)
muestra tres manera de entender el acto didáctico, la comunicación como la
primera vía de transmisión educativa, el enfoque de sistemas que presenta los
elementos implicados como elementos de entrada, de proceso y de salida de un
sistema abierto y dinámico y la visión curricular que atiende a las metas u
objetivos a lograr junto a los pasos o acciones para conseguirlos. Depende
entonces de cada docente y su modo de enseñar que tome en cuenta la vía que le
parezca más constructiva y favorecedor del aprendizaje, incluso hay quien
emplea todas las vías necesarias para lograrlo.
Sin embargo, la situación
de lo que debería ser a veces es transcendentalmente diferente a lo que en
realidad es, ya que un docente debe ser mediador del aprendizaje y no poseedor de todo aquello que el alumno debe adquirir, hablamos de construcción y no de
absorción.
Tomando en cuenta el
contexto y nuevamente, las habilidades que los alumnos tienen en esta
especifica época nos damos cuenta que no sirve mucho que el alumno escuche y
escriba todo aquello que el docente diga, por más razón que tenga, sino que es
necesario un aprendizaje que haya construido el alumno por sí mismo para que
este sea significativo y para esto sólo necesita un mediador, (Hernández, 2007)
el cual somos nosotros como docentes, el papel que debemos tomar desde el
principio al entrar al servicio es de un participante más del proceso,
considerar al estudiante como un sujeto capaz de hacer suyo el aprendizaje,
fomentar en los alumnos una actitud crítica y creativa, que a ellos se les
ocurran las soluciones y no a nosotros, dejar que nuestros estudiantes
construyan, promover sus reflexiones para que puedan y quieran transformar su
entorno social porque aunque parezca que no hay necesidad más de los docentes
debido a la gran habilidad de los niños y adolescentes de aprender por sí
mismos, investigar y recurrir a la tecnología, nuestro papel cae en hacerlos
comprender todo aquello que encuentran, pero no es tarea fácil, para ello no
basta con platicar o poner como ejemplo nuestra propia vida, sino planificar nuestras
actividades como los profesionales que somos, pues un docente que planifica tiene
bien claro el propósito de cada cuestionamiento que hace a su alumnos, es
entonces cuando logramos un acto educativo como proceso integral.
Considerando lo anterior
no debería de haber diferencia entre el quehacer docente y el deber ser, pero
así, con las necesidades que se tienen en la actualidad, todavía permanecen
metodologías antiguas, que aunque eran factibles en su tiempo ahora carecen de
esencia y quedan cortas para el logro del desarrollo integral de los alumnos. Se nos olvida que ya cambió todo, y es necesario cambiar nosotros también, se debe centrar nuestro quehacer docente en los procesos de los alumnos, pero
es aquí cuando cambia el pensar, cuando todo se vuelve complicado, pues se
necesita también evidencias del alcance del alumno, para que la evaluación sea
objetiva más que subjetiva, y en qué más pensamos si no es en que logren los
aprendizajes que a final de cuentas son contenidos establecidos por un programa
de un grado especifico. Es complicado tomar solo un modelo y apegarse a él,
cuando se pide también resultados y alcance de contenidos, hace falta entonces
la flexibilidad del currículo que permita al docente de manera real evaluar de
manera formativa, es decir centrarse en los procesos de los alumnos, porque
aquí recae nuestra responsabilidad ética con los alumnos, y no debería de ser
más importante el trabajo para lo político, sin embargo, muchas veces resulta
así. Un docente debe remar contra corriente para trabajar para sus alumnos,
pero hay momentos que se tiene que detener a que le cobren la multa por no
acatar las leyes políticas aunque algunos alumnos se desprendan de su
construcción por darle más importancia a esa multa aplicada.
Todas las dimensiones y
ámbitos del quehacer educativo conllevan a la reflexión de lo que se logra como
docente, con los alumnos, con el contexto y la transformación del entorno
social, la integración de un buen ciudadano a la comunidad con una mente
crítica y creativa, que lleve a la resolución de los problemas y la resiliencia
de los jóvenes que han logrado construir en un aula con un docente entregado,
mediador, con una metodología basada en la comunicación y en la evaluación
formativa.
Un docente que acompañó procesos siempre tendrá la certeza que el
resultado será satisfactorio, pues si la vía fue vislumbrada por un profesional
que planificó sus actividades logrando que los dueños de esas vías
reflexionarán con respecto a la construcción de las mismas, siempre habrá un
resultado competente a nivel de cada alumno, con la retroalimentación
correspondiente, que ha de dar las herramientas necesarias al discente para que
mejore en el futuro, incluso cuando el docente ya no se encuentre con él. Esta
es la magia de la docencia, es la complejidad en la que estamos inmersos pero
cuando se trabaja para los alumnos, se logra destruir todo abismo entre el
deber ser y el quehacer cotidiano, llevando a cabo una fusión de ambas cosas para
la mejora de los alumnos que pasan por nuestras manos y así olvidaríamos nuestras tantas quejas y lograríamos amar nuestro trabajo.