viernes, 5 de octubre de 2018

¿Y las quejas hacia el sistema?


El quehacer docente.

A lo largo de la historia se han construido diversas formas de enseñar, tomando como base que la enseñanza debe tomar en cuenta el contexto y la época en la que se vive, una metodología de 1990 no podría seguir formando alumnos del año 2000. Este razonamiento hace que las metodologías de enseñanza cambien con respecto a los alumnos que queremos formar.

Para comprender las metodologías que funcionan en nuestra época es necesario comprender qué es la didáctica y el acto didáctico de los docentes. La didáctica es entonces la disciplina que estudia los procesos con los que el docente logra que el alumno aprenda. Por lo tanto el acto didáctico compete al docente, el alumno, el contenido a enseñar y el contexto donde se lleva a cabo la actividad de enseñanza. Al paso del tiempo los contenidos cambian debido al contexto que evoluciona, y a los discentes que son más curiosos y competentes en áreas tecnológicas sin necesidad de haberlo aprendido en una escuela, es entonces cuando el docente y los contenidos deben alcanzar al alumno y darle las herramientas necesarias para ser un ciudadano competente para la vida.
Así pues, Torre (2001) muestra tres manera de entender el acto didáctico, la comunicación como la primera vía de transmisión educativa, el enfoque de sistemas que presenta los elementos implicados como elementos de entrada, de proceso y de salida de un sistema abierto y dinámico y la visión curricular que atiende a las metas u objetivos a lograr junto a los pasos o acciones para conseguirlos. Depende entonces de cada docente y su modo de enseñar que tome en cuenta la vía que le parezca más constructiva y favorecedor del aprendizaje, incluso hay quien emplea todas las vías necesarias para lograrlo.

Sin embargo, la situación de lo que debería ser a veces es transcendentalmente diferente a lo que en realidad es, ya que un docente debe ser mediador del aprendizaje y no poseedor de todo aquello que el alumno debe adquirir, hablamos de construcción y no de absorción.
Tomando en cuenta el contexto y nuevamente, las habilidades que los alumnos tienen en esta especifica época nos damos cuenta que no sirve mucho que el alumno escuche y escriba todo aquello que el docente diga, por más razón que tenga, sino que es necesario un aprendizaje que haya construido el alumno por sí mismo para que este sea significativo y para esto sólo necesita un mediador, (Hernández, 2007) el cual somos nosotros como docentes, el papel que debemos tomar desde el principio al entrar al servicio es de un participante más del proceso, considerar al estudiante como un sujeto capaz de hacer suyo el aprendizaje, fomentar en los alumnos una actitud crítica y creativa, que a ellos se les ocurran las soluciones y no a nosotros, dejar que nuestros estudiantes construyan, promover sus reflexiones para que puedan y quieran transformar su entorno social porque aunque parezca que no hay necesidad más de los docentes debido a la gran habilidad de los niños y adolescentes de aprender por sí mismos, investigar y recurrir a la tecnología, nuestro papel cae en hacerlos comprender todo aquello que encuentran, pero no es tarea fácil, para ello no basta con platicar o poner como ejemplo nuestra propia vida, sino planificar nuestras actividades como los profesionales que somos, pues un docente que planifica tiene bien claro el propósito de cada cuestionamiento que hace a su alumnos, es entonces cuando logramos un acto educativo como proceso integral.

Considerando lo anterior no debería de haber diferencia entre el quehacer docente y el deber ser, pero así, con las necesidades que se tienen en la actualidad, todavía permanecen metodologías antiguas, que aunque eran factibles en su tiempo ahora carecen de esencia y quedan cortas para el logro del desarrollo integral de los alumnos. Se nos olvida que ya cambió todo, y es necesario cambiar nosotros también, se debe centrar nuestro quehacer docente en los procesos de los alumnos, pero es aquí cuando cambia el pensar, cuando todo se vuelve complicado, pues se necesita también evidencias del alcance del alumno, para que la evaluación sea objetiva más que subjetiva, y en qué más pensamos si no es en que logren los aprendizajes que a final de cuentas son contenidos establecidos por un programa de un grado especifico. Es complicado tomar solo un modelo y apegarse a él, cuando se pide también resultados y alcance de contenidos, hace falta entonces la flexibilidad del currículo que permita al docente de manera real evaluar de manera formativa, es decir centrarse en los procesos de los alumnos, porque aquí recae nuestra responsabilidad ética con los alumnos, y no debería de ser más importante el trabajo para lo político, sin embargo, muchas veces resulta así. Un docente debe remar contra corriente para trabajar para sus alumnos, pero hay momentos que se tiene que detener a que le cobren la multa por no acatar las leyes políticas aunque algunos alumnos se desprendan de su construcción por darle más importancia a esa multa aplicada. 

Todas las dimensiones y ámbitos del quehacer educativo conllevan a la reflexión de lo que se logra como docente, con los alumnos, con el contexto y la transformación del entorno social, la integración de un buen ciudadano a la comunidad con una mente crítica y creativa, que lleve a la resolución de los problemas y la resiliencia de los jóvenes que han logrado construir en un aula con un docente entregado, mediador, con una metodología basada en la comunicación y en la evaluación formativa.

Un docente que acompañó procesos siempre tendrá la certeza que el resultado será satisfactorio, pues si la vía fue vislumbrada por un profesional que planificó sus actividades logrando que los dueños de esas vías reflexionarán con respecto a la construcción de las mismas, siempre habrá un resultado competente a nivel de cada alumno, con la retroalimentación correspondiente, que ha de dar las herramientas necesarias al discente para que mejore en el futuro, incluso cuando el docente ya no se encuentre con él. Esta es la magia de la docencia, es la complejidad en la que estamos inmersos pero cuando se trabaja para los alumnos, se logra destruir todo abismo entre el deber ser y el quehacer cotidiano, llevando a cabo una fusión de ambas cosas para la mejora de los alumnos que pasan por nuestras manos y así olvidaríamos nuestras tantas quejas y lograríamos amar nuestro trabajo.