La evaluación formativa, aquello que nos venden como un manjar para nosotros y nuestros estudiantes, y lo es. Tenemos las pruebas en la retroalimentación, porque no nos engañemos, no existe la evaluación formativa sin retroalimentación. Es sencillo, una devolución durante el proceso de nuestros estudiantes, bien fundamentada, rescatando aspectos específicos que se pueden mejorar y no dirigida a los alumnos sino a las áreas de mejora, es, sin lugar a dudas, la mejor inversión, tanto para nuestra práctica como para el logro de los aprendizajes o PDA que queremos que se alcancen. ¿Por qué? Porque una retroalimentación otorga a los alumnos motivación y desencadena estrategias volitivas, mismas que serán de gran apoyo para los discentes en un futuro. Y esto ¿no facilita nuestro trabajo diario como maestros? La respuesta es sí, desde cualquier perspectiva.
Ahora, ¿qué sucede con nuestras maneras de evaluar? La evaluación
formativa jamás puede ser estandarizada ¿por qué? Porque se centra en el
proceso de los alumnos y como ya hemos visto, ningún alumno es igual. Se ha
presentado una evaluación estratégica en este ciclo escolar conocida como MEJOREDU
la cual dice evaluar de manera formativa, más es incorrecto este termino por la
naturaleza de la evaluación, si bien, es estratégica, como mencionamos hace un
momento, no es formativa. La estrategia se comprende, se requiere estandarizar
el alcance de los estudiantes y tener evidencias de ello, sin embargo, al ser estándar
se quiere colocar a los estudiantes en cierto cuadro que difícilmente podría
darnos una evaluación formativa. Nos arroja resultados globales, pero no nos
enriquece como docentes, más que en lo cualitativo.
Una reflexión más clara podría ser un diagnóstico justificado, aunque supongo que fue más sencillo crear un examen que midiera tres PDA de la
fase y numerar hasta que nivel alcanza nuestro alumnado. Pero no nos engañemos
este no alcanza ni fundamenta una evaluación formativa.
Quisiera que se repensara la aplicación de estas evaluaciones,
pues, aunque lo nuestro es un trabajo y los altos mandos bajan el mandato de
aplicación, es necesario reflexionar y fundamentarse a sí mismos la razón y el
uso, tanto del examen como de los resultados. Y que la estructura educativa estuviera
convencida del ¿para qué? Pues nos encontramos con docentes aplicando este
examen, rendidos ante las exigencias de los superiores, y al final sin ningún objetivo,
dejando a un lado todo resultado o experiencia de aplicación.
El ser humano busca un sentido, algunos podremos hacer
ciertas acciones por el mero mandato, pero ¿los que no? ¿Dónde está el propósito
de lo que hacemos? Hay algo contradictorio aquí, y es que se ha venido manejando
la importancia de educar, de preservar los razonamientos de nuestros discentes,
de que la enseñanza es humana y tiene que tener un sentido para los niños y
niñas que pasan por nuestras aulas. ¿Cómo educamos así si en la vida se
encuentra uno con estas situaciones? Y no nos queda más que seguir…
Debemos estar convencidos de nuestra medicina, hasta los
placebos tienen efecto cuando las personas creemos en ellos, porque no darnos
ese incentivo, en vez de la decepción ¿Dónde queda la motivación?
El docente trabaja arduamente, más las decepciones pueden
ser mortales para aquellos que llegan a su casa a trabajar más por un simple
capricho sin fundamentos de la política educativa.