miércoles, 23 de julio de 2025

Ejes articuladores: Los lentes de nuestra realidad social

Imaginemos que, dentro del sistema educativo mexicano, se tomaran en cuenta diversas perspectivas de la realidad. Que cada una de nuestras clases se diseñara a partir de temáticas de relevancia social a nivel nacional, evitando toda forma de desigualdad y exclusión.

Los docentes somos el inicio de una luz verdadera que podremos ver, si realmente lo deseamos, en algunos años. Pero ¿cómo lograrlo? Con frecuencia usamos lentes que nos hacen ver la realidad de nuestros estudiantes de manera subjetiva. Es natural: forman parte de nuestra humanidad, de nuestro instinto de protección y acompañamiento hacia niñas y niños mexicanos. Sin embargo, ¿cómo emplear también esos lentes objetivos? ¿Cómo aprovechar al máximo este nuevo currículo que nos promete una visión de igualdad sustantiva?

Las líneas que cruzan nuestro Plan y programas de estudio podrían ser nuestra arma más poderosa. Pero, para emplear un arma, hay que conocerla profundamente. Por eso los militares arman y desarman su fusil: para entenderlo desde dentro hacia afuera y viceversa. Así debemos conocer también nuestra herramienta educativa.

La problematización de la realidad surge cuando nosotros, como docentes y profesionales de la educación, diseñamos estratégicamente proyectos específicos que permiten a los estudiantes observar el mundo a través de distintos lentes. Más aún, nuestro papel es acompañarlos en la búsqueda de su propio criterio, guiándolos hacia la luz que ellos mismos elijan.

Los ejes articuladores, de los que tanto hemos oído hablar, son precisamente eso: herramientas poderosas que nos conducen a la objetividad y nos invitan a problematizar la realidad de nuestros educandos. A través de ellos se construye una perspectiva ética que formará alumnos y alumnas capaces de cuestionar todo aquello que les haga daño o les perjudique, siempre en beneficio propio y de su comunidad.



Me conmueve profundamente el proverbio africano que dice: “El niño que no sea abrazado por su tribu, cuando sea adulto, quemará la aldea para poder sentir su calor”. La exactitud de esta frase incluso asusta. La importancia de que nuestros niños y niñas se sientan parte de su comunidad es tan grande como el hecho de que aprendan cuánto es 2 + 2. Solo cuando analicen, cuestionen e innoven su entorno podrán sentirse parte de él; no cuando simplemente sean aceptados sin más.

Concibo los ejes articuladores como líneas que se entrelazan entre sí sin fusionarse completamente, formando el contexto vital de nuestros estudiantes. De ese contexto surgen innumerables situaciones que les hacen sentir, pensar, reaccionar y construir su manera particular de comprender el mundo. Esa diversidad es una riqueza, pero también un riesgo cuando no se cuestionan las jerarquías sociales que muchas veces mercantilizan sus vidas.

Nuestros alumnos deben aprender a reconocer el valor de la cultura universal desde una perspectiva comunitaria, eligiendo su identidad como algo propio y, al mismo tiempo, como parte del mundo. Eso, precisamente, es inclusión. ¿No es acaso lo que todos deseamos?

Gran parte de la desazón que vivimos como sociedad se debe a la idea de que los jóvenes no saben tomar buenas decisiones. Pero ¿de quién es la responsabilidad de acompañarlos en ese aprendizaje? Nos corresponde a nosotros como educadores guiarlos a desarrollar la capacidad de interrogar el mundo, emitir juicios sobre su realidad y observarlo desde valores éticos que den sentido a su existencia. Esa complejidad, propia del pensamiento crítico, debe estar presente en cada clase y proyecto que diseñemos.

Imaginemos un país en el que niños, niñas y adolescentes reconozcan las culturas de México como matrices dinámicas y estructuralmente complejas. Que comprendan que esas culturas generan formas específicas de subjetividad que, a su vez, recrean y fortalecen la identidad nacional.



La interculturalidad crítica debe entenderse como un entramado de comunidades que producen realidades diversas. Aunque complejo, este enfoque es posible cuando los docentes dirigimos nuestros esfuerzos a trabajar este eje dentro de nuestras aulas. Así, no solo lo entenderemos: también lo haremos propio junto con nuestros estudiantes.

En estrecha relación con ello están la igualdad sustantiva y la igualdad de género. La historia nos muestra que los derechos han sido desiguales, y no se trata de enaltecer a un solo género, sino de que nuestros alumnos comprendan que hombres y mujeres deben gozar de las mismas libertades. Esto no se logrará repitiéndolo infinitas veces: necesitamos que los estudiantes replanteen sus creencias, visibilicen intereses y necesidades, y reconozcan las prioridades de las niñas tanto como las de los niños.

¿Por qué insistimos tanto en ello? Porque es evidente que muchas de nuestras prácticas sociales aún están diseñadas desde la masculinidad hegemónica, dejando de lado la visión femenina. Solo en la armonía entre ambas podremos encontrar el equilibrio que necesitamos y construir argumentos sólidos desde nuestras aulas.

La conciencia colectiva será clave para enfrentar los retos de nuestra sociedad. Uno de ellos es la salud: una vida saludable no solo protege al individuo, sino que crea defensas comunitarias, fomenta la inmunidad colectiva y promueve hábitos que benefician a todos. Desde nuestras aulas podemos motivar en niñas y niños decisiones conscientes e informadas: ¿qué mejor manera que problematizando, por ejemplo, su dieta diaria?

Abordamos infinidad de contenidos pensando en que nuestros estudiantes obtendrán una profesión o un buen empleo, pero ¿de qué les servirá todo ello si no saben alimentarse adecuadamente? No somos responsables de sus hábitos, pero sí podemos enseñarles contenidos que impacten su vida real. ¿No quisiéramos eso?

Erradiquemos el pensamiento colonial que aún idolatra sistemas que nos han llevado a la precariedad. Una apropiación cultural desde la lectura y la escritura sería una vía poderosa, porque México es, en esencia, una comunidad de comunidades. No se trata de negar nuestra condición mestiza, sino de rescatar lo propio: esas voces y visiones que alguna vez fueron silenciadas.

La política no es ajena a esto: es la lucha por ser escuchados. Enseñemos a nuestros estudiantes a leer a los autores que representan lo que México realmente es y fomentemos la escritura para que sean ellos quienes narren el país que viven y sueñan.

Romanticemos también la exploración del mundo a través del arte y las experiencias estéticas. Que nuestro sistema cultural no solo se escuche, sino que también se sienta, se vea, se toque y se exprese sin límites. Acompañemos a nuestras niñas y niños para que descubran que, por medio del arte, pueden aprender, comunicar y desarrollar procesos cognitivos de alto nivel.

Estos siete ejes articuladores son nuestro puente entre lo poco conocido y lo que parece inalcanzable. Sigamos de cerca a nuestros estudiantes mientras utilizan cada una de estas lupas para observar su mundo, su contexto y su comunidad. Si diseñamos con astucia y valentía nuestras clases, el pensamiento crítico florecerá en ellos.

Demos sentido a lo que hacemos cada día. Convirtamos nuestras aulas en el primer paso hacia un futuro mejor, en el que nuestros estudiantes lo construirán con conciencia, información, ética y empatía.

Susana Lemus

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